septiembre 28, 2014No hay comentarios

CRISIS

Esta imagen podría provenir de cualquier parte, del mismo modo que esa palabra puede sugerir diversas ideas, distintas formas de rebelarse o resistir. Sin embargo, es un paisaje cercano. Lo tenemos bien a mano en la antesala de la playa desprestigiada, lindando con ese barrio singular y maltratado que tiene nombre de apóstol. Y aunque nos inquiete, su proclama rotunda dice lo que quiere decir: un mensaje que surge de pronto tras la curva lenta como una provocación veloz dispuesta a colarse en nuestras conciencias, adormecidas por el alisio y las suaves temperaturas con demasiada frecuencia.

No deja de ser curioso, o quizás indicativo de rudimentos que aún no entendemos, cómo el azar termina a menudo enlazando las hebras sueltas. La crisis ha dejado espacios publicitarios sin ocupar, abandona vallas que quedan huérfanas y solas, menesterosas, paneles vacíos que también son una metáfora de los tiempos y las dudas, lienzos disponibles para la intervención popular, tan espontánea y certera, en numerosas ocasiones tan necesaria, tan reveladora. Acaso, resulta llamativo que tuviese que ser precisamente ahí, en un terreno fronterizo junto a uno de los mayores símbolos del despropósito local, enfrente de esa ruina moderna, ya popular, a la que se ha dado en llamar el mamotreto. Justo a la entrada de un manipulado paraíso junto al mar. Sin apartar los ojos de la fotografía, como un investigador siguiendo las pistas que ya casi se borran, comienzo a sospechar que la casualidad puede ser capaz de mostrar lo que la realidad testaruda ha ido escondiendo. Bajo las capas ajadas y descoloridas, como un palimpsesto que trasluce caligrafías antiguas y superpuestas, consigo apreciar un último detalle: en la esquina inferior izquierda, antiguos rastros sobre la chapa percudida, unas aspas blancas, rombos azul marino sobre un fondo amarillo canario, rastros que remiten a colores locales, a identidades que se diluyen bajo la presión impertinente de estos tiempos feroces. Alguna conciencia crítica ha decidido intervenir, en fin, hacerse oir. Y así, se aprovecha ahora de los márgenes derivados de esta época frugal, y ultima, con ética militante y grafismo contemporáneo, los renglones vacíos que la escasa coyuntura no ha sido capaz de completar.

Javier Pérez-Alcalde Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 26 de enero de 2013

septiembre 20, 2014No hay comentarios

PARQUE

Los laureles de Indias tienen algo de paquidermos prehistóricos, agarrados a la tierra renovada. El aire está mojado al amanecer y huele a flores podridas, a la humedad sedimentada que guardan las hojas caídas y dispersas. La brisa leve de la madrugada transporta ese aroma saturado, dulzón, y el soplo se cuela ligero por las rendijas saludando la mañana a los que se desperezan: despega el día y Santa Cruz se despierta con aromas de selva.

He sabido que a M le gusta mecerse en el columpio por las noches, la serenidad que encuentra y saborea le hace sentirse bien, revela algo distraída mientras muestra una sonrisa tímida, como la niña que admite una travesura íntima. Conozco a R, y sé que suele derrochar horas hipnóticas tratando de descifrar el parloteo de las cotorras, tan locuaces al atardecer. L y L son los hijos de N, quien se queja de que nunca paran, pero se quedan inmóviles y muy callados para escuchar sin interferencias el misterio de la música que el viento interpreta en el paseo de los bambús. Cada día J, jubilado feliz que sale a deambular curioso perdiéndose por la ciudad, reduce espontáneo el paso al cruzar el Parque, se refugia en sus sentidos e imagina que viaja. Tan lejos y tan cerca.

Antes del frescor que pulveriza la verdura, entre la explosión fragante o tras el color diseminado de las estaciones, se entretiene la vida. Los perfumes tropicales ocultan esos sonidos recurrentes, ecos latentes de otros ámbitos: porque a través de las gentes que lo cruzan puede apreciarse más claramente la textura de un lugar o, dicho de otro modo, el pulso de quienes lo habitan y pueden explicarlo.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 6 de octubre de 2013

septiembre 20, 2014No hay comentarios

PLAYA

Delineando el perfil familiar de la Punta de los Órganos, una luz plana se va asomando tras la piconera abandonada. La playa de las Teresitas derrocha su espectáculo privado para quien llega temprano. Ha estallado de pronto pintando la arena a brochazos gruesos, un deslumbramiento que se aprovecha de la marea vacía y embadurna a los paseantes con estos buenos días. El risco trepa a plomo desde la orilla y ese marco natural, que casi se alonga sobre la costa, convierte este lugar en un paraíso cercano, es un edén de resonancias antiguas.

Sin embargo, venimos oyendo desde hace muchos años, dudosos negocios aparte, los mismos cantos de sirena. Se esparcen convenientes ideas acerca de su renovación, se fomentan espúreos debates que ponen en duda sus bondades y se promocionan, en fin, opiniones rehenes de ese terrible pensamiento contemporáneo por el cual todo debe de tener un rendimiento económico, una posibilidad de negocio. Y eso, ya sabemos por estos pagos en qué desemboca.

Aunque la esperanza es lo último que perdimos, quiero suponer que somos conscientes de lo que está en juego. Las virtudes de nuestra playa radican precisamente en la ausencia, ay, de altos intereses, en la falta de rentabilidad directa. En suma, en su permanencia casi natural. No se trata de ampliar hacia la montaña la superficie de arena -la línea de litoral no se multiplica-, ni pasa por construir un edificio de aparcamientos, o por urbanizar el talud privatizando las vistas en una dirección y mortificándolas en la otra. Seguro que no. Puestos a ello, quizás un modesto concurso destinado a jóvenes arquitectos en el que cabría diseñar unos kioscos elegantes, donde se pueda comer, cañear o tomar una copa por la noche; o un circuito para correr, una zona lúdica para niños y mayores, una mejora de las duchas. Poco más.

El resto ya está aquí desde hace mucho. Porque a pesar de la arena importada, mucho antes de la escollera que frena el ímpetu atlántico, ya bastaba con el mar, la luz y ese fondo agreste de piteras y cardones.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 20 de octubre de 2013

septiembre 14, 2014No hay comentarios

MELANCOLÍA

Te parecerá cosa de la prehistoria, me dice, pero para mí es como si fuese ayer. Yo no me hubiese atrevido, tan torpe, tan tímido como era, sólo miraba y soñaba. Y fíjate, casi sin darnos cuenta lo fuimos construyendo todo. Y casi sin enterarnos, la vida fue pasando.

En este lugar la vi por primera vez, aquí veníamos cada tarde a mirarnos de lejos, a no mucho más podíamos aspirar. Siempre me gustó esta plaza, con sus esculturas de mármol y esos dibujos en el pavimento que nos servían para inventar juegos. Desde chico estuve seducido por estos parterres geométricos, los copones gigantes rebosantes de frutas, el sonido de la fuente, blanca y pulida. Ahora pienso que tuvo que ser aquí. Cómo desde el principio me encantó ella, a quién observaba siempre en la distancia, desde esa primera vez que la vi, saltando la soga con sus amigas, tan especial, tan luminosa entre las demás. Y así, muy poquito a poco, un saludo un día, una sonrisa tímida otro, nos fuimos arrimando. Hasta la mañana en que se acercó más, la postura dudosa, el rubor en la cara, se acercó y me dijo: me gustas tú.

Ya hace años que no está. Bueno, que no está en este mundo pero sí que está: sigue a mi lado, como cuando éramos tan jóvenes, con todo por descubrir. De modo que cada tarde vuelvo a esta plaza donde nos veíamos, y donde seguimos mirándonos toda la vida, y nos sentamos juntos a ver pasar la gente, a oler los jardines fragantes recién regados, a sentir en la cara el sol del atardecer. Y ella me va contando bajito sus cosas, y como sólo yo las oigo, nadie entiende mi mueca feliz mientras miro a los niños jugar o a las parejas que se cortejan. Mientras vamos acompañando el tiempo que nos queda, oliendo las flores, rodeados de color y con el sol de la tarde acariciándonos la cara.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 24 de noviembre de 2013

septiembre 6, 2014No hay comentarios

AMORES

Como pinturas rupestres, las huellas grabadas en los márgenes del tiempo narran historias que penden como hebras deshiladas: son radicales libres bailando para seducir a los rastreadores. Tanto abundan en la ciudad apresurada, tantos reflejos de vidas sedimentadas para quien sabe encontrarlos, que la mirada inquieta se recrea curioseando en la superficie de la vida, se engolfa recomponiendo destinos que se leen en unos trazos ya antiguos. Y cada cual interpreta los signos, descifra el origen de las cicatrices, a partir de las preguntas propias. Sí, eso es, el descubrimiento de los rastros encontrados al azar conforma el territorio de las revelaciones: porque las certezas no existen, son espejismos que van construyendo a quien sospecha y sueña, y a veces descubre.

El pavimento ajedrezado se curte y se ensucia donde sucede lo que pesa. En un tugurio que ya no existe, mientras espera que se le enfríe el café, A se distrae leyendo y descifrando, fantaseando sobre pasiones escritas en la barra percudida. La gente tiene gusto por dejar literal constancia de su paso, de sus triunfos y afanes, como si la expresión pública de sus ardores pudiese hacer que perduraran para siempre. Las marcas ajadas de corazones y promesas y nombres combinados, sin embargo, los amores exaltados en la madera gastada, están posiblemente tan marchitos hoy como superficies solares cuarteadas por la intemperie.

Alguien le habla pero A no escucha. Así que, acaso por fortuna, no la oye cuando le habla de sus dudas, cuando se atreve a confesarle lo que sabe inconfesable. Una ráfaga de alisio pasa ligera para llevarse sus palabras. Ya lo he dicho, concluye aliviada sin advertir la mirada errante, el gesto que flota extraviado. Mientras la vida real danza a su alrededor, A permanece colgado imaginando a Yiyi, a Jorge, poniéndole rostro a su Carolina o sintiendo la música de las lenguas que no entiende y que, precisamente por eso, le dice tantas cosas.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 16 de marzo de 2014

septiembre 6, 2014No hay comentarios

MÚSICA

Lo primero de todo es echar un vistazo. C acostumbra, al despertarse cada día, repetir ese pequeño gesto. Un ritual sencillo, humilde e íntimo. Dice que es la mejor manera que conoce de comenzar la fiesta. De modo que se levanta sin apenas dudar, confiando en que tras el vuelo de cortinas, el aire fresco y la luz que ya se insinúa, la saludarán como corresponde. Parece el mismo panorama de cada mañana pero ella sabe bien que nunca es igual, porque el tiempo no se detiene, todo es nuevo a cada instante; y porque, además, a C le gusta leer entre líneas, tiene esa provechosa capacidad. Así pues, pone un poco de música (http://youtu.be/t_KD9yKOOb0), se despereza como una gata feliz y, sin prisas, se asoma a la ventana.

Todo huele bien. Las nubes se han dispersado y el día despunta brillante, pleno de matices que destellan y de aromas reventando tras el aguacero. La alerta del temporal despobló los tendederos, alongados en la fachada plana y amarilla, así que los ve desnudos, impares en estas horas prematuras, tan solo barnizados por el sol plano que se está levantando tras los riscos de Anaga: justo a tiempo de teñir la ciudad que se despierta y, de paso, calentarle a M la piel y la mirada. Cómodamente apostada, mientras se le va dibujando una sonrisa solar, recuerda de pronto algo que leyó en algún sitio: se acuerda de que las cosas importantes no son cosas, que lo que nos mantiene y anima en realidad ni se toca ni se ve.

C imagina que la música del azar se escribe en pentagramas domésticos. Y se fija en que las liñas vacías, que ahora están solo punteadas por unas pocas trabas de madera, son notas aleatorias que aguardan el momento de combinarse en una pieza aún por escribirse. Todo llegará, está segura. En unas horas, las ropas ondearán bajo el sopor meridional dispuestas por criterios de urgencia o comodidad, los tejidos, formas y colores se entrecruzarán impelidos por razones de pura casualidad. Y el sonido resultante dependerá de quién esté escuchando. C opina que la suerte suele terminar dando juego a las curiosas, así que, antes de partir hacia el campo de batalla, luminosa y fragante, cuelga una toalla perfumada en la línea de sol.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 2 de febrero de 2014

septiembre 1, 2014No hay comentarios

BUCLES

Cierta mañana, M sale de casa decidida a encontrar lo que busca. Tiene muy claro dónde ir, conoce bien el modelo y el color, la textura y el acabado, todas y cada una de las prestaciones. Ve con nitidez la imagen en su mente, no debe ser ni siquiera parecido: sabe lo que quiere y va a buscarlo.

De modo que baja por la calle del Castillo, saboreando su compra por anticipado, y al llegar al lugar en cuestión se lanza sobre el género con la tranqulidad de quien es dueña de una certeza precisa. Sin embargo, valga la paradoja, basta un exceso de atención para pasar de largo de modo que, como es natural, no encuentra lo que fue a buscar. Han sido tantas las ocasiones en las que se cruzó, desenfadada y sin especial interés, con lo que le gustaba, que ahora, que al fin resuelve ir a por ello, no da con lo que desea. Regresa pues, consolándose con el aforismo oriental que alerta sobre los apetitos y la posible desdicha de saciarlos, el vacío que surge tras alcanzar la meta. Cuidado con lo que deseas, se va diciendo por el camino.

Es entonces cuando M lo entiende todo: no existe peor manera de encontrar que ponerse a buscar. Las expectativas suelen contaminarlo todo, los mejores hallazgos son impredecibles. Basta con dejarse llevar, decide, sonreir y regalar, desprenderse y compartir. Vuelve a casa, en fin, plenamente convencida, resuelta a no buscar, a no tomarse demasiado en serio; en suma, dispuesta al juego de abandonarse con ligereza a observar lo que le guste. Así de simple. Así de tentador. Y aplicándose a esta sencilla tarea, mientras se regodea con el sonido suculento de la vida alrededor, la policromía de los movimientos que bailan para ella, sin estar atenta ni fijar la mirada, justo en el momento en que comienza a olvidarse de todo, lo ve, esperándola en un escaparate. Pasa de largo, claro: ahora tiene mejores asuntos con los que entretenerse.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 22 de diciembre de 2013

septiembre 1, 2014No hay comentarios

LABANA

Esta anciana que mira mis ojos con sus ojos tristes me agarra firmemente con su mano sarmentosa. Es el día de la madre, el segundo domingo de mayo en Cuba, y esta fecha le subraya los recuerdos. Tuve un único hijo, dice, y se me murió. Para mí no es un día feliz. Me da la mano, que yo acaricio mientras la escucho, una mano de piel translúcida, manchada por la edad, que se aferra a la mía transmitiéndome todo el afecto y la gratitud, tan solo por haberme parado a saludarla.

Con Jorge, peluquero-estilista, charlo un buen rato en el vestíbulo del Hotel Sevilla. Me presenta a su prometida, Liliana, y cuenta, enamorado, la mirada brillante, como la fatal muerte de su mamá, tres meses atrás, también le ha traído un regalo: lo ha unido a ella, su vecina de toda la vida, con quien va a casarse en breve. Mientras revive, deslumbrado y dichoso, la historia reciente de su vida, saca un modesto peine del bolsillo y repasa con ternura el peinado de su novia. Le arregla el flequillo primoroso sin dejar de hablarme, como en un acto reflejo, antes de volver a guardarlo en su pulcra guayabera.

Lázaro es un mulato de trenzas rastafaris y sonrisa perpetua. Tiene 45 años y su vida y su arte se alimentan de la ilusión de los niños. También tiene un museo que ya no le cabe en casa, así que llena la calle de artefactos que dispone frente a su puerta en el barrio de Centro Habana, Soledad 159. Allí organiza talleres y actividades para los niños, delante de su destartalada vivienda o en el cercano Parque Maceo. Todo lo construye con papel de periódico reciclado, hilos de colores, materiales diversos que encuentra en la basura: Proyecto Pioneril Granma, dice que se llama su propuesta artística. Al fin, en un interior abarrotado de cachivaches, me muestra fotografías, recortes de prensa, juguetes inventados, esculturas de pasta de papel, colajes. Y en medio del pasillo abarrotado, no imagino cómo pudo llegar hasta aquí, surge un carrito de supermercado que le sirve para el acarreo callejero. La placa frontal muestra un logotipo característico y unas letras donde puedo leer: Loro Parque, Puerto de la Cruz, Tenerife.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 1 de diciembre de 2013

agosto 30, 2014No hay comentarios

IDENTIDAD

Observados desde el interior, los gruesos muros tienen sección de zigurat y en las esquinas los planos se desplegan como hojas de un abanico solapándose al girar. El sol del mediodía subraya la geometría escultórica del estanque, y su presencia rotunda ofrece una lección, no por elemental menos relevante: encaja en el paisaje con la misma naturalidad con la que se sirve de un enclave estratégico.
Del mismo modo, uno hace un ejercicio de candidez y tiende a pensar que desde un principio la gente se asentó en los lugares más apreciados, que las diferentes geografías fueron colonizándose a partir de sus bondades; que se descartaron, por elemental sentido común, las vertientes más castigadas por los vientos dominantes o se apreciaron las mejor soleadas; que se favorecieron los enclaves dotados de mejores vistas al tiempo que se evitaban márgenes indefinidos, laderas inestables, suelos heterogéneos. Uno quiere creer, en fin, que los distintos asentamientos humanos no cayeron allí por casualidad sino que más bien fueron situándose por imperativa selección natural. Sim embargo, cabe sospechar que los criterios se contaminan demasiado a menudo por la desidia o por la voracidad depredadora que nos adorna, vista la manera en que se ha urbanizado este territorio al que llaman afortunado.
Y así, llama la atención, pongamos por caso, el volumen y la orientación de la fachada marítima de Santa Cruz, que goza de ideales dimensiones para sustraer el sol a los toscaleros y el panorama a gran parte de sus vecinos. O, sin irnos demasiado lejos, la forma en que nuestro litoral ha sido privatizado casi en su totalidad, y que ha conseguido, en un absurdo ejercicio de autismo urbano, ofrecer la espalda al océano. O, en fin, el despropósito supino de haber despreciado históricamente la potencia del barranco de Santos, obviando su riqueza paisajística y cultural, sin curiosidad ni interés por aprovechar las huellas del tradicional aprovechamiento agrícola, desatendiendo al mismo tiempo la memoria del lugar y la potencia plástica de estanques o muros abancalados, rastros cuya identidad y arraigo aseguran un lugar y una convivencia con denominación de origen.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el

agosto 30, 2014No hay comentarios

ARQUITECTURA

Un libro recién comprado guardado de cualquier manera en una bolsa apretada, un pliegue que se forma durante el trasiego ambulante impelido por azares domésticos. Al tomarlo entre las manos, antes de ese acto reflejo que tiende a acercarlo a la cara, a oler el aroma eterno del papel engomado, observo los planos que surgen de la esquina plegada, tras abrir la cubierta rígida, y me intriga y me atrae esa sombra, ese claroscuro que sugiere un ámbito de calidez, un espacio que también podría proponer otra escala y otros usos y otras vidas.

Del mismo modo, a veces por puro accidente, se configuran los lugares y las situaciones, la arquitectura de la vida. Y los espacios para encontrarse se alimentan de ellos, precisan tanto del instinto como de la razón. Así que no deberían reducirse a la aplicación de geometrías reguladoras ni a la aritmética de ciertos estándares numéricos, escasos de espontaneidad, deudores de pulso natural. Más bien, resulta obligado que también atiendan a la geografía, al clima, al carácter popular, al paisaje; y aspiren a sentir al compás del aire que pasa, tratando de aprehender el inasible espíritu del lugar: porque hay aspectos que por fortuna acaso se sienten, rasgos tan importantes que felizmente no se ven.

Por ello, las ciudades siempre están abiertas, surgen tanto de la planificación más cuidadosa como de los azares o las realidades más pertinaces. Sedimentado por su propio ritmo, el decorado construido que nos rodea es a menudo una mezcla tan rica como complejas las relaciones y los afectos, las sorpresas habituales en el andar de cada uno de sus habitantes. Porque la materia creativa es tan voluble, tan caprichosa como las topografías de la vida. Cruces, hallazgos, intuiciones que a menudo nos encuentran a nosotros y no al revés. Como esa esquina intuida, o construida, que se insinúa por sorpresa en las páginas de un libro descuidado. Ésa es la textura que nos envuelve y alimenta, ésas las moléculas que dan forma a la materia y sustrato a lo intangible.

Javier Pérez-Alcalde
Publicado en Canarias Gráfica/Diario de Avisos el 15 de diciembre de 2013